Y sin embargo.

Escrito el 9 mayo 2007 por amanda y clasificado como ,

Marca registrada. Ariel Fessler

Una semana de vacaciones no es mucho. Y sin embargo, me está resultando tan productiva, física y psicológicamente, que no la cambiaría, ahora mismo, por todo el mes de agosto. Quizá cuando llegue el verano me tenga que comer estas palabras, pero en estos momentos me alabo yo misma el gusto y la oportunidad de habérmela tomado en estos días tan insospechados del mes de mayo.

Porque, además de vaciar cajones, de reencontrarme con viejos escritos y objetos diversos, de esos que pareces haberte olvidado, cosas para las que nunca, en el día a día, tienes tiempo, he vuelto a recobrar la posibilidad de quedarme absorta, sin hacer nada en absoluto y no sentirlo, íntimamente, como una falta de actividad, sino todo lo contrario.

Tumbarme desmayadamente al sol, dejándome acariciar, con un libro en las manos, y quedarme, gracias al calorcillo de sus rayos, todavía tímidos, de los que no queman, y a los efectos de las cervezas que me voy tomando a lo largo de la toda la mañana (que las vacaciones son placer y no otra cosa) tan completamente vacía de amargura, que noto cómo, en un acto reflejo de los músculos faciales, mis labios se van curvando tenuemente hasta dibujar una sonrisa, esa sonrisa ya casi olvidada, ahogada entre lágrimas y frío interno, el que no hace tantos días todavía me encogía, y que parece haber, definitivamente, quedado superado.

Y el libro que va resbalando, porque el cuerpo pide no hacer nada, y la mente se va quedando en blanco, arrullada por el sonido de las campanillas del porche, del rozar de los artesanos ensamblajes de los molinillos que han sobrevivido a los vientos de marzo, y se me cierran los ojos, y se relajan todas las articulaciones, y parece que voy a elevarme, flotando, desde la hamaca, para darme la ocasión de verme de lejos, dentro y fuera de mí misma, en un movimiento casi místico, que sólo se da cuando se alcanza esa paz, esa armonía, que llevaba tanto tiempo buscando, necesitando.

Hasta que escucho ese sonido tan familiar con el que, paradójicamente, suena la alarma y, como saliendo de un sueño, plof, me caigo de lo más alto, todo el cuerpo contra el suelo, y toca entonces evaluar los daños.

Comentarios

  1.   Alemama

    11 mayo 2007, 05:12

    Te he enlazado en un post que subiré el domingo. Me ha encantado lo que te he leído. Volveré si no te pierdo la pista, pues etoy en un notebook ajeno.
    Un abrazo, lindas cosas hay acá.

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