Los amigos.

Escrito el 13 marzo 2007 por amanda y clasificado como ,

amigos

Si no he leído mal la cita, dijo Platón que los amigos se convierten con frecuencia en ladrones de nuestro tiempo.

Yo, que no sé muy bien cuántos amigos tenía y de qué cantidad de tiempo disponía para ser hurtado por ellos, puedo y no puedo, a la vez, estar de acuerdo con esa afirmación. Porque los amigos se han convertido para mí en algo tan esencial que sería capaz de dedicarles todo mi tiempo, sin estar ni siquiera segura de si es mío o de quién, aunque en algunos momentos, hipócritamente, y muy en el fondo, piense que quizá no se lo estén mereciendo. Pero eso, afortunadamente, me sucede pocas veces y en situaciones completamente anómalas. Y, bueno, que es una relación de reciprocidad. Yo utilizo el mío con ellos, y al mismo tiempo me veo recompensada por el que ellos utilizan conmigo. Que, algunas veces, no es tarea fácil. Porque no coinciden nuestros horarios, o porque no estamos del mismo ánimo, incluso porque tenemos algo más importante, más gratificante, que hacer en el momento en que somos, unos y otros, requeridos.

Cuando una persona es solitaria por convicción, esa convicción que suele ser una mala traducción de obligación impuesta, pero de la que sólo se da cuenta cuando, por casualidades ajenas completamente a su propia vida, entabla relación con otros, sean o no solitarios, puede pensar que sí, que es dueña y señora de su tiempo, porque no tiene necesidad de compartirlo con nadie. Y expresado de esa manera objetiva, es cierto, no tiene necesidad. Porque no conoce el valor de la buena compañía. Y lo que no se conoce, difícilmente puede convertirse en necesario.

Y todo este rollo introductorio viene a cuento de que, casi sin darme cuenta, y sin ser consciente de haberlo hecho, yo, la persona menos sociable y más seca y oscura del mundo mundial, he desarrollado una todavía para mí increíble capacidad, no sólo de hacer amigos, sino, más difícil todavía, de conservarlos sin intromisiones ni adulteraciones. Amigos, algunos, los del otro lado, que todavía no tienen rostro, que muchas veces no tienen ni nombre ni ubicación geográfica y en los que, sin embargo, confío. Siendo este asunto de la confianza tan delicado, me asombro yo misma de esta confesión, que nadie me ha pedido, porque es algo a lo que he estado dando vueltas en los últimos días. En que, cuando charlas, en la distancia aséptica y anónima que proporciona el correo electrónico, y vas conociendo a una persona, lo único que puedes hacer es, si merece la pena el contacto, dejarte llevar. Porque esa placidez en una relación, que en el momento adecuado puede afianzar la amistad surgida, se disfruta en tan pocas ocasiones que hay que valorarla cuando está sucediendo.

Pero lo realmente curioso es que esto lo estoy escribiendo en uno de esos momentos anómalos, en los que, hipócritamente, y muy en el fondo, pienso que no se lo merecen. Y sin embargo…

Aunque no es mi costumbre, quisiera hacer con esta entrada una dedicatoria. A un nuevo amigo del que algunas veces incluso dudo si sé el verdadero nombre. Como en las grandes faenas toreras, y porque él, sin duda, se lo merece, va por ti, Joselito.

Comentarios

  1.   rythmduel

    13 marzo 2007, 23:50

    Eres la caña, tú sí que vales…

  2.   neoGurb

    14 marzo 2007, 01:41

    Los amigos siempre lo merecen.

    Cuando las cosas salen mal, cuando nos decepcionan o traicionan nuestra confianza, repasamos si valió la pena.

    En mi amplia experiencia de abandonos mutuos, decepciones mutuas y puñaladas traperas (creo que nunca las he dado, pero aún me sangran algunas que recibí), finalmente estoy convencido de que sí, de que gracias a todo ello aprendí a ser como soy, y crecí y me hice mayor. No viejo ni maduro, sólo mayor de lo que era cuando les conocí.

    Y todo esto, sin hablar de los que aún conservo y me conservan, esos −como decía Miguel Hernández− con los que tanto quiero. Que esos, no veas…

comentarios desactivados para este artículo