Matilda. (De origen germánico: la que lucha con fuerza)
Escrito el 13 diciembre 2005 por amanda y clasificado como Amigables colaboraciones,
Hubo una época en la que Matilda quería ser camionera, bueno para ser exactos no sabía si era ese su sueño, lo que realmente ansiaba era ser algo. Con esta profesión estaba segura de conseguir ser tenida en cuenta, esa era su esperanza. ¿De qué otra forma podría alcanzar la meta una chica de veinte años a la que siempre confundían con un niño de quince no muy desarrollado? Un metro cincuenta y cuatro de estatura y treinta y ocho kilos de peso.
Nadie podría decir exactamente como llegó hasta allí, unos dirían que la casualidad, otros que el destino, pero lo realmente cierto es que, a última hora de una tarde de primavera, se encontraba delante de una conocida agencia de transporte situada en una zona por la que había pasado todos los días durante varios años en su infancia. Un lugar que había atravesado apurando el paso y mirando al suelo, para que el miedo de franquear a todos aquellos hombres no la paralizara y conseguir llegar al colegio situado unos metros más allá. Ese día no iba a pasar de largo, ese día, se pararía entre aquellos temidos hombres y penetraría hasta lo más profundo de su cubículo.
Momentos antes, cual caballero elige sus armas para vencer al dragón, vistió sus mejores galas para la ocasión. Recordando todas las películas de camioneros, en especial las americanas, comenzó el ritual: vaqueros desgastados y deshilachados; botas camperas, no eran como las de películas pero es que las punteras tan picudas nunca le gustaron, aún así, eran unos buenos botos de Valverde del Camino, lo más vacilón del momento; camiseta blanca de manga larga y la joya del vestuario: una cazadora vaquera a la que quitó las mangas, eso también lo había visto en una película. En el bolsillo trasero del pantalón colocó un pañuelo, de color y con dibujos, cuidando con todo esmero que una parte sobresaliera y quedara colgando buscando un aire descuidado. Se contempló en el espejo, viendo ante ella a una mujer hecha y derecha cuya imagen y aspecto no ofrecía ninguna duda: era alguien que se había criado en la carretera; por sus venas corría gas-oil en lugar de sangre, no podía ser otra cosa que ¡camionera!
Se dirigió a la entrada de la agencia de transporte con decisión, con fuerza, sostenida y empujada por la imagen del espejo. Estaba resultando, no había duda, los hombretones de la entrada ya se habían apartado silenciando las conversaciones a su paso. En su avance atravesó un pasillo formado por bancos enfrentados en los que esperaban su turno de trabajo más individuos. Notaba como la miraban y callaban. Pensaba que en señal de admiración, no había duda ¡Reconocían a una colega!
Llegó a la ventanilla y con la seguridad que proporciona la confianza dijo:
-Me han dicho que tenéis trabajo.
-Sí, tenemos trabajo -contestó una mujer desde el otro lado del mostrador sin levantar la vista de unas hojas que estaba escribiendo.
-Entonces, vengo a apuntarme ¡tengo un motocarro!
Fue un momento decisivo que jugó a la perfección: se echó un poco hacia atrás, metió las manos en los bolsillos del pantalón y dejó que la admiraran en toda su grandeza. No sé exactamente si fue eso lo que hicieron, pero puedo aseguraros que mirar la miraron: la recepcionista, que dejó de escribir; el dueño de la empresa, que se sentaba de espaldas a la ventanilla en un intento de permanecer ajeno a sus hombres, se giró; los que estaban sentados y los de la calle que, llamados por la curiosidad, habían decidido entrar.
Nadie decía nada, la secretaria interrogaba al jefe con un gesto, este contemplaba a Matilda por encima de las gafas, mientras Matilda ojeaba los papeles que estaban encima del escritorio, en un intento de parecer indiferente. El silencio se mantuvo durante unos interminables segundos. Matilda, interpretó que esperaban que continuara por lo que, sin dudarlo, les dio su nombre y dirección. Manteniendo su pose, acertó a escuchar un débil:
-Cuando tengamos algo para ti, te avisaremos.
¡Lo había conseguido! Satisfecha, se despidió cortésmente con un “hasta mañana” saliendo de allí, henchida de orgullo, organizando mentalmente lo que le quedaba de jornada, con el fin de poder tener a punto su vehículo para el día siguiente.
No la llamaron.
Convencida de que había dado mal alguno de sus datos, decidió que lo mejor era presentarse de nuevo para corregir su error.
La misma acción del día anterior, solo que en esta ocasión Matilda, caminaba más despacio. Nadie, excepto ella, percibió que iba un poco avergonzada, pidiendo mentalmente disculpas por no haber acudido a trabajar ese día, ¡un fallo, lo tiene cualquiera!
Se quedó un tanto sorprendida cuando al verla, lo único que le dijeron fue que había sido un día flojo. Ya la llamarían.
Al día siguiente, no entendía por qué continuaban sin avisarla: si la habían dicho que tenían trabajo, que sus datos estaban bien ¿cuál era el motivo? Algo estaba fallando y no lograba saber el qué. Tenía que averiguarlo. No halló otra solución que volver visitarlos.
-Oye, es que hoy… tampoco me llamasteis y…
No logró terminar la frase, en esta ocasión el que habló fue el jefe, que sin darse la vuelta, levantó los brazos y en voz alta dijo:
-¡Joder! ¡Apúntala de una vez! ¡que venga ya o no nos va a dejar tranquilos!
Matilda no entendió nada, slo supo que el día siguiente fue el primero de una serie de días que le condujeron a su sueño, ser camionera y se puede decir que con mayúsculas.
Tardó muchos años en comprender lo que realmente había pasado y como la habían visto aquél día y tardó más, muchos más en perder aquella inocencia y frescura, aunque algunas lenguas aseguran que nunca pudo desprenderse completamente de ellas y que al final de sus días, después de muchos cambios y profesiones, lo que realmente se sentía era ¡camionera!
Escrito por Vanadis y cedido amigablemente.
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15 diciembre 2005, 20:13