La chica de las diez
Escrito el 23 noviembre 2005 por bakunin y clasificado como Amigables colaboraciones,
Amanda me pidió hace algún tiempo que escribiera algo para Siempre nos quedará París. Yo quería que fuera algo diferente a lo que escribo normalmente y, bendita la hora, por fin he conseguido algo que se puede leer. O eso me parece:
Todos los días salimos de la oficina a desayunar, varios compañeros y yo, a la misma hora: las diez. Creo que no hay ningún motivo especial para que sea a esa hora y no a otra… O tal vez, sí. Debe ser que a esa hora empiezan a salir pinchos calentitos de la cocina del bar al que vamos. Y las tripas han empezado a gruñir.
Sea por lo que sea siempre salimos alrededor de las diez. Tardamos un par de minutos en llegar a nuestro destino subiendo una buena cuesta que nos separa de la necesaria dosis matutina de cafeína. Y es en ese recorrido, unas veces un poco antes y otras un poco después, donde cada día contemplo un pequeño milagro.
Para mí es ‘la chica de las diez’. Cada día su camino se confunde con el nuestro durante unos cientos de metros. Cuando la veo no puedo reprimir una sonrisa. No es que sea una chica guapísima. Tendrá entre veinticinco y treinta años. Es más bien normalita, del montón, vamos. Tampoco hay nada destacable en su indumentaria. Pero hay algo en su manera de caminar que no sé... que me llama mucho la atención. Sus caderas se mueven de una forma muy particular. No me malinterpreten: no se trata de algo libidinoso. Bueno, seamos sinceros, para alguno de mis compañeros sí lo es.
A mí, en cambio, lo que me llama la atención es un halo de rebeldía, de confianza en sí misma, de alegría de vivir. Y, ¡qué coño!, ¿hay algo más bonito que la alegría de estar vivo? Creo que por eso me hace sonreír. Porque vengo ya encabronado de la oficina –es asombroso con qué pasmosa facilidad se puede alcanzar ese estado algunos días- y por un momento hace que se me olvide por completo.
El caso es que el otro día la vi aparecer y observé algo extraño. Durante un momento no me di cuenta – de esas veces que tienes la sensación de que durante unas milésimas de segundo tus procesos mentales se han atascado -, pero enseguida me percaté: venía cojeando ayudándose con una muleta. A pesar de ello, su caminar no había perdido nada de gracia, seguía tranmitiendo la misma seguridad. Y mi sonrisa fue más amplia que ningún día.
PD: Y ahora que me han prestado una llave creo que me pasaré de vez en cuando por aquí. A veces uno quiere contar cosas que no tienen cabida en su propio blog. Amanda: espero que seas consciente de lo que has hecho…
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23 noviembre 2005, 11:55
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