Efectos colaterales.

Escrito el 16 noviembre 2007 por amanda y clasificado como ,

Hace un rato, en la cocina, me ha estallado un vaso en las manos. No me he hecho ni un rasguño, pero he perdido las ganas de seguir fregando, así que tampoco cocino. He abierto una cerveza (Alhambra reserva especial en botella de vidrio) que me estoy tomando acompañada de unos montaditos de queso brie con anchoas y unas rosquilletas caseras con sabor a cebolla. Roto el plan de la tarde, basado de una manera monotemática en cocina, cocina, cocina, me he sentido libre para sentarme aquí, al otro lado de esa pantalla que tienes delante de los ojos. Y, ya sentada, por qué no, hacer un poco de crónica, que me estoy casi oxidando.

Me preparé un delicioso postre porque sabía que me sobrarían los besos, que, a pesar de todo, no dejaría pasar demasiado tiempo. Estos últimos días prácticamente he dejado conectado el posteador automático tomando prestadas palabras que la mayoría de las veces – aunque no siempre – reflejan mi propio estado de ánimo, mis querencias, mis dolencias e inquietudes, y me he retirado a un segundo plano, viendo cómo van pasando los días, viviendo un poco al dictado de las circunstancias que últimamente me mantienen en una situación casi de provisionalidad en muchos aspectos. Y bueno, es viernes y me he encontrado la tarde de fiesta.

Aunque en realidad no ha sido sólo la tarde sino también parte de la mañana. Con la excusa de una importante, ineludible e inexcusable cita he salido muy pronto de la oficina y me he dado un largo paseo por la ciudad, que últimamente tenía muy abandonada. Me apetecía ver el mar de más cerca. Aunque debía tomar la dirección contraria. Al llegar no estaba la persona con la que debía hablar, por lo que, para aprovechar el tiempo que tenía que esperar me he sentado en un banco de la plaza, al sol, a leer Público. Es el periódico que compro ahora los días que me da por comprar la prensa. Pero en realidad no me interesaban las noticias, sino disfrutar del momento. He mantenido una bonita conversación imaginaria con una persona real con la que hace mucho que no hablo. He fantaseado con los minutos posteriores a esa conversación y no me ha satisfecho demasiado el resultado. He vuelto al encuentro con mi cita y me ha desilusionado.

Señales. Estaba recibiendo muchas señales. Nada se acaba, todo queda en suspenso. Al no tener claro si hoy era o no mi día de suerte, de vuelta a la oficina – cansada de no saber aprovechar ese rato de libertad que yo misma creía haberme regalado – he comprado un cupón de la ONCE. Puede que hoy salga mi número. También puede que no. En cualquier caso pasaré una mala noche.

Sigo en ese estado de provisionalidad impuesto. Me cuesta tanto concentrarme que, aun teniendo un estante repleto de novelas que deseo, más que leer, devorar, no puedo ponerme a leer. Me siento incapaz de atender a los amigos de la manera que se merecen, por lo que en algunos momentos me da la impresión de que voy a perderlos sin remedio. Y no, al fin no voy a hacer ese curso de escritura. Como le dije a una amiga – con la que suelo hacer esta clase de cosas – bastante tenemos con lo que tenemos. No nos busquemos más estímulos que, sin pedirlos, ya recibimos más de los que necesitamos.


Comentarios

  1.   pau

    16 noviembre 2007, 21:43

    Bah…
    No te preocupes, los amigos no se pierden por no cuidarlos, eso en caso de ser amigos de verdad, claro.
    Un abrazo.

  2.   servidora

    16 noviembre 2007, 22:25

    No sé si viene al caso. Bueno, como es tan absurdo te vas a reír y entonces ya merecerá la pena :-)

    Hará unos días, iba toda apresurada a coger el autobús y en un paso de cebra me crucé con una mujer que podría ser mi tía Maruja.. la pobre murió hace años, pero podría ser mi tía Maruja con sus 40 años, como la recordaba de niña. Me puse muy frenética, de verdad, como si hubiera visto un fantasma. Cuando llegó el autobús aún jadeaba y cuando se lo conté, más tarde, a un amigo sentía como se me iba entrecortando la voz de ansiedad…

    Verás, por culpa de mi tía Maruja acabé por aquí, desde mi Galicia. En Galicia no podía estudiar Ingeniería, y las opciones eran Madrid o Valencia. Como ellos vivían aquí, aquí me vine.

    Y ¿sabes? empecé a pensar en todo lo que me he peleado, lo que he currado, lo que he tenido que hacer desde aquellos tiempos hasta hoy… Qué coño, me cogi cariño y todo :-D Y llegué a la conclusión de que nadie, nadie, tiene derecho a hacerme sentir mal. Que valgo mucho, que me lo merezco todo y, qué diantres, si hasta estoy buena y todo :-D

    No voy a estar mal por haber salido de allí, mi amor. Voy a estar mejor. Y tú, también ;-)

  3.   Yabu

    19 noviembre 2007, 09:21

    Oye, que aunque no hagas cursos de literatura y no me cuides a mi no vas a perderme, ¿eh? ;)

  4.   manuti

    19 noviembre 2007, 11:26

    Hija mía, solo me das sustos: la separación, la caída de la bañera, …
    A ver si tocamos madera.

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