Piel de otoño.

Escrito el 6 noviembre 2007 por amanda y clasificado como ,

Días y días después de mi último paseo por la ciudad al anochecer, la semana pasada volví a hacerlo. Sábado de puente, húmedo y frío, con el cuerpo algo destemplado a causa de las preocupaciones añadidas de las últimas semanas, decidimos hacer parte del trayecto de vuelta a casa andando, después de que se cerrara a nuestras espaldas la puerta del cálido recinto en el que todavía permanecía parte del grupo.

Fuimos evitando el Paseo porque últimamente mis pies, no importa la clase de calzado que lleve puesto, tienden al resbalón sobre casi cualquier superficie, y aquélla me la imaginaba repleta de húmedas y pisoteadas hojas caídas los anteriores días de lluvias. El paraíso para los patinadores espontáneos, aunque el infierno para mi precario equilibrio.

Todas nos merecíamos alguna clase de autohomenaje, así que decidimos irnos de compras. La visa todavía podía soportar algún gasto extra y estábamos dispuestas a fundirla en negro, no sabiendo si en los próximos meses volveremos a tener oportunidad de hacerlo. La zona comercial bullía de gente, familias enteras, dispuestas, como nosotras mismas, a entrar en todas las tiendas que fueran de su agrado para ir, si no comprando, sí al menos tomando nota de todas esas piezas de ropa recién etiquetada que tanta falta le hace a nuestro fondo de armario y los caprichos comestibles que suelen faltar incluso en la más exquisita de las despensas.

La nena ya no quiere que vayamos de la mano, pero no se separaba ni un centímetro de mi cuerpo mientras nos íbamos moviendo entre gente, pidiendo disculpas por los empujones provocados (y recibidos) al querer acercarnos a los percheros repletos de chaquetas y abrigos, cazadoras y sudaderas, pantalones y faldas, camisetas y jerseys agrupados por familias de colores que ayudan a ir componiendo el conjunto de los sueños de cada comprador más o menos imaginativo.

De vuelta en casa estuvimos comentando las diferentes maneras que tenemos las personas de entonarnos cuando todo a nuestro alrededor parece resquebrajarse. Había bandejas y bandejas de chocolates variados para la que prefiere ahogarse en dulces, la promesa de una larga caminata por la orilla del mar a la mañana siguiente para la que, no desdeñando el chocolate, prefiere comerlo al mismo tiempo que mueve las piernas, y catálogos, bolsas y pruebas delante del espejo para la que, además del chocolate y los paseos, que también le parecen buenas opciones, necesita verse guapa dentro de alguna pieza de ropa nueva que se acaba de comprar.

La cena, que servimos en la mesa grande, transcurrió en paz y aderezada con risas. Risas que sustituían a las lágrimas que nos habíamos visto obligadas a tragarnos para no entorpecer el proceso de aquello que, por decisión unánime de todos los implicados, acabábamos de comenzar.


Comentarios

  1.   Ernesto

    7 noviembre 2007, 20:05

    Atmosférico, aromático, emotivo. Amanda está en forma.

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