Desde el espejo.

Escrito el 23 abril 2007 por amanda y clasificado como ,

El espejo. Marco Augusto Quiroa




Cinco mensajes en el contestador. Suena el teléfono de nuevo. No lo cojas, ya sabes qué van a decirte. Que se acaba el plazo. Hiciste tu apuesta, aseguraste que lo entregabas ayer y te apremian para que no te demores. No estás en condiciones. No hagas caso. Sin pensarlo dijiste que sí, aceptaste el reto sin apenas planteártelo. Una mujer que se mira en el espejo y describe lo que sus ojos contemplan. Eso, aseguraste, en cinco minutos está hecho. Y ahora te encuentras al límite del tiempo, sin nada que entregar para ese número de la revista. No van a parar las máquinas por ti, debes hacer algo. Mañana es el último día, al menos has de intentarlo.




“Es un buen momento, ahora que nos dejan aquí a las dos a solas, sin otra cosa que hacer más que, enfrentadas, mirarnos en silencio, cuando, sin haberlo buscado, te tengo a mi merced, para empezar a contarte lo que siento. Lo que tú sientes y no te atreves a pensar.”




Escribes un párrafo. Te quedas vacía. No acabas de ver lo que habías imaginado que seguía. Lo lees. Lo tachas. Lo estrujas. Lo arrojas. Suspiras.




Un primer párrafo que no vale ni el papel en el que ha sido escrito. Repasas la teoría. Esos manuales que, después que te dieran la oportunidad, te has obligado a comprar. Te pierdes en la infinidad de conceptos que, te dicen, no has de aprender, sino asimilar. Intentas entender las técnicas, los estilos, los ritmos, los tonos, los narradores con nombres extraños, los principios y los cierres… parece que se acabó la etapa de escribir con naturalidad.




Coges otra cuartilla y lo vuelves a intentar.




“Lo primero que ves ahora que me miras es lo que menos te gusta de mí. El semblante serio, la mirada adusta, cansada, las arrugas que deforman la fina línea que queda de lo que fueron mis labios, dándome un aspecto triste y abatido, porque parecen incapaces de remontarse para volver a sonreír. Mi imagen. Tu reflejo. Ya sabes que desde este lado del espejo no se puede mentir.”




Te angustias. Las palabras salen de tus manos, pero no consigues reconocer tu voz.




Mintiendo desde el espejo. Porque eres incapaz de inventar mentiras creíbles, ahora que conoces las reglas, no puedes seguir. ¿Qué pensabas? ¿Que era sencillo escribir? Una idea, un empujoncito desde el que salía la historia, alguna víscera desbocada, una gran dosis de compulsión, una buena base de gramática, una redacción casi infantil… y la primera vez que no te sale de carrerilla, te estrellas. Tampoco este párrafo te ofrece una imagen desde la que continuar. Lo tiras y vuelves a suspirar.




“Puede que ahora pienses que no te reconozco mientras me miras, pero es que no me gusta lo que me obligas a ver.”




No encuentras el hilo adecuado con el que hilvanar. Porque lo tuyo siempre ha sido un simple ejercicio de enhebrar, coser y cantar.




El tono de reproche no te parece tampoco un buen comienzo. Ni ese falso lirismo que no va contigo. Este ejercicio, lo sabes ahora, no te va a resultar fácil. Te pones delante del espejo, esperas, confías en que algo te dirá. Tenías la historia en la cabeza, y llevas cinco días sin adelantar, escribiendo y desechando a la misma velocidad. Cada vez que crees que has acertado, aplicado todas las reglas, hecho todos los análisis y corregido todos los fallos, comprendes que no has acabado. Te das cuenta de que te quedas con una historia, aunque correcta, invisible, vacía, nada que ver con lo que querías contar. Con esa primera trama que te deslumbró en cuanto viste la propuesta, y que, al fin, eres incapaz de narrar.




Te tranquilizas. Lo intentas a todas las horas, en todas las posturas y todos los rincones que se te ocurren, con bolígrafos de todos los colores y papeles de todos los tamaños y texturas.




Después de varios borradores, cuando, ya desilusionada, vaciada la papelera, escondidos los manuales y guardado el diccionario, tropiezas con otro argumento, lo intentas por última vez. No quieres dedicarle ni un minuto más. Lo escribes. Lo editas. Lo cortas. Lo pegas. Lo adjuntas. Lo envías. Suspiras. Ya está.


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