Esta me la va a pagar.

Escrito el 13 abril 2007 por amanda y clasificado como ,


Sé que no tenía que haberme enfadado de esa manera. Que, igual que otros temporales, podía haber capeado éste. Y, sin embargo, aquí estoy, andando, y sola, a casa. Por haber pedido que parara el coche y me dejara bajar. Pero es que aún hay cosas que no aguanto. Yo no soy responsable de sus errores, apenas si considero que lo sea de los míos propios, y, de ninguna manera podía prever que a la pequeña le diera tanto miedo el desnivel. La solución la tenía en su mano. Con no seguir subiendo nos hubiésemos evitado los lloros, la vomitona y, la consecuencia, mis gritos y mi tremendo cabreo. Pero no, una vez empezada la aventura, tenía que demostrarnos el agarre de las ruedas, la potencia del motor y la estabilidad de la carrocería. A pesar de lo claramente en contra que se le estaba poniendo la situación, el salirse con la suya era lo único que le importaba. Y, claro, me he tenido que enfadar. Un grito ha llevado a otro, los reproches han ido subiendo de tono y, a punto de explotar, aprovechando que, por fin, habíamos dejado el camino de montaña, y notando que la furia me ahogaba, bien agarrada a la mochila y con mi dignidad a cuestas, me he tenido que bajar.

Veía el pueblo muy cercano, y, suponiendo que no me iban a dejar marchar, que me estarían esperando en la primera esquina, con las alas que da la rabia, he pasado por ella tiesa como un palo, casi sin mirar. De frente, aunque de reojo me he dado pronto cuenta de que no estaban allí. El coche, alto y rojo, es difícil de camuflar. Es la primera vez que no lo hace, debo haberme enfadado más de lo que recuerdo, porque parece que no necesita hacerse perdonar. A la derecha está la calle en la que acaba el carril bici que sigue recto casi hasta la puerta de casa. Lo mejor será que lo coja directamente, porque a éstos ya sé que no los voy a encontrar. Hay que ver el ritmo que he cogido, apenas hace un momento estaba todavía en la entrada del pueblo. Tendré que ralentizar. Deben quedar unos cinco o seis kilómetros y tampoco me quiero agotar. Me duelen los pies, estas botas de montaña siempre me han venido un poco justas y seguro que, con el calentón que llevo, no sólo se me han hinchado los mofletes por la necesidad de tomar aire para resoplar. Y la falta de costumbre, que suelo ponérmelas sólo para aparentar. Podía haberme puesto las deportivas, pero quién se lo iba a imaginar. Lo malo es que mañana no podré ni caminar. Me prepararé un baño de sal cuando llegue a casa, aunque estoy segura de tener ampollas y todo.

Y el sol. Me he dejado las gafas en la guantera. Pero me he traído la cazadora puesta, creo que me la tendré que quitar. He sido un poco simple, podría haber dejado todo el peso en el coche, haber salido por piernas, aunque dándoles tiempo a que me convencieran de que volviese a subir. Es raro que no me hayan esperado. O no, nunca se sabe realmente cuando de él se trata. Pero la pequeña le debe haber insistido en que quería recuperar a mamá. No quiero imaginar lo que se habrán dicho, de qué manera la habrá convencido para llevársela a casa sin mí, que soy la que la distrae cuando vamos en el coche. Ya, claro, el paquete de gusanitos que acababa de sacar de la mochila para consolarla. Menos mal que me he quedado con la botellita de agua. Tengo sed y estoy cansada.

Debe ser ya la hora de comer, apenas si me he cruzado con dos o tres personas desde que he cogido este camino. Aunque suele estar transitado, porque la verdad es que da gusto, y yo lo disfrutaría si no fuera por lo que estoy pasando. Se nota el comienzo de la primavera por el aroma a azahar. ¡Qué acierto tuvieron al hacerlo pasar por aquí! Dicen que antes, hace muchos años, era la vía del tren, un recorrido de treinta kilómetros que dejó de tener clientes cuando, con el desarrollo, en cada familia se tuvo, al menos, un coche. Una lástima, porque el viaje, habiendo cambiado tan poco el paisaje, debía ser una delicia. Parece que el andar rodeada de tanta paz me vaya tranquilizando. No tengo hambre, a pesar de no haber almorzado. No, no voy a correr. Sólo faltaba que llegase a casa antes que ellos, que seguro que no han ido directamente. Y tener, encima, que poner la mesa y esperarles. No, no voy a correr. Es más, creo que voy a parar. A darle tiempo de que se sienta culpable, de que sufra pensando que voy a llegar sudorosa y reventada.

Aunque quizá me haya equivocado. Ahora que me he sentado, pienso en la estrategia. Lo malo de los enfados es que actúo sin reflexionar. En lugar de meterme en el carril bici, debería haber salido directamente a la carretera, y una vez allí, hacer auto-stop para llegar a casa, aparentemente contenta y fresca como una rosa. Pero ya es tarde, estoy aquí y apenas me queda la mitad de camino. Menos mal que no pasa nadie, porque entre el sudor, el cansancio y los lloros, debo estar hecha un adefesio. Pronto empezarán a salir, es la hora que aprovechan las mujeres para caminar, y no quiero que, ya tan cerca de casa, se me cruce nadie conocido. Así que otra vez a coger velocidad. Pero ésta juro que me la va a pagar. (Continuará...)

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