Rubia y con ojos verdes.

Escrito el 25 marzo 2007 por amanda y clasificado como ,

zapatos

– ¡Que nadie toque la mecedora! Perdonadme, pero no soporto ver a nadie sentado en ella. La última vez a punto estuvo de quebrarse y es algo más que un simple recuerdo de familia.

Acostada, ahora, sintiendo la respiración de Alex a mi lado, durmiendo, como suele, sin que nada parezca afectarle, vuelvo a oír mi propio grito, que no he podido evitar esta tarde, viendo a los niños que, con la tarta de cumpleaños en manos, se acercaban a ella y temo que, algún día, no llegaré a tiempo de impedirlo. Y, en cuanto alguien se siente, crujirán las tablas que están sueltas, debajo de la viejísima alfombra, y querrá saber, maldita curiosidad humana, qué se esconde debajo de ellas.

Megan ya tiene casi diez años y yo sigo sin poder olvidarlo. ¡Cómo me enamoré del bebé que, tan incómodamente, transportaban aquella pareja de hippies en una vieja mochila! Era el cuatro de julio y no sé por qué ni de dónde vinieron. Alex enseguida intuyó que nos iban a traer problemas. Yo sólo pienso que ellos mismos, si hubiesen sabido que el ofrecimiento que nos hicieron iba a significar el final de su camino, quizá se habrían limitado a subir el precio. Alex no está de acuerdo con esa apreciación, pero tampoco es de los que discuten demasiado.
Nuestra casa no quedaba de paso, aunque tampoco eran propiamente de los que siguen los caminos convencionales. Quizá alguien les habló de nosotros, de mí especialmente, de las dificultades que tenía para quedarme embarazada y de lo mucho que, por otro lado, lo deseaba. La cuestión es que aparecieron cansados, sucios, y con la niña hambrienta a cuestas. Tan pequeña, tan rubia, tan indefensa…

Venían dispuestos a dejárnosla. Alex puso mil y un inconvenientes, porque no estaba seguro de que fuese, para mí, lo más adecuado. Estaban decididos, querían seguir su camino, sin el bebé a cuestas. Les quedaba mucho por descubrir y aquella niña no hacía más que ralentizar su velocidad. Al fin le convencí y, después de que la chica se recuperase y, a cambio de más dinero del que en ese momento podíamos permitirnos, Megan se quedó con nosotros.

Volvieron. Al cabo de un año justo volvieron. Era, de nuevo, el cuatro de julio. Yo no les esperaba, me habían parecido de esa clase de parejas que rompen el vínculo en la primera ocasión que se les presenta y, sabía que, por separado, jamás vendrían a reclamarla. Pero allí estaban los dos, juntos, más maduros, más limpios y menos cansados. Porque esta vez habían llegado, por el camino ya asfaltado, en una furgoneta que dejaron aparcada al otro lado de la valla del jardín y desde la que salía una música que me hizo fijarme en ellos. Al principio no les reconocí, pero las visitas ya no me resultaban extrañas. Megan dormitaba en el columpio que Alex había colgado para ella en el jardín, y se acercaron lentamente a observarla. Ella lloraba. A punto estuvo de cogerla en brazos, pero yo fui mucho más rápida. Aunque me lo imaginaba, todavía no sabía lo que pretendían, no sabía si habían venido a llevársela. Por supuesto que no se lo pensaba consentir, así que tuve que hacer planes a gran velocidad. Les invité a entrar, era lo único que me haría ganarme su confianza. Les ofrecí un café. Era justo lo que necesitaban.

Durante mi último embarazo psicológico, y en contra de todos los manuales que yo misma consultaba, el ginecólogo me recetaba, creyendo que no dormía bien, tranquilizantes que me ayudaran a pasar las noches relajada. Yo jamás me los tomé, porque sabía que podían afectar al bebé que, realmente, no esperaba, pero, como nunca ni él ni Alex me preguntaron, no se extrañaban de que, en cada visita, yo saliese de la consulta con una receta nueva que iba inmediatamente a canjear a la farmacia. Y allí estaban, en el armario, debajo de las sábanas. Con la excusa de acostar a Megan, subí a mi cuarto y, por si los necesitaba, cogí dos frascos que metí en el bolsillo de la bata. Sabía que no podía esperar a que llegase Alex y negociara. La decisión era mía, así que yo sola debía tomarla. Cuando bajaba las escaleras les oí discutir acerca de quién me lo iba a decir. Sí, venían por ella.

Cuando les serví el café, no se dieron cuenta de nada. Poco a poco fueron perdiendo la consciencia hasta que, mucho antes de que tuviese tiempo de arrepentirme, cayeron en un dulce coma. Pero en la cocina no los podía dejar, me molestaban con los preparativos de la barbacoa. Les tumbé en el salón, uno al lado del otro, esperando que anocheciera. Cuando, por fin, pude explicarle a Alex lo que realmente había sucedido, entre los dos decidimos cómo iba a ser su final. No estábamos dispuestos a esforzarnos demasiado, pero tuvimos que sacarlos, ya de noche, al jardín. Habíamos comprado muchas cajas de fuegos artificiales, teníamos todo preparado para una bonita, ruidosa y colorida explosión. Sólo tuvimos que depositar los dos cuerpos en el centro y añadir unos cuantos leños para que se convirtiese en una gran hoguera que acabase, para siempre, con nuestros problemas. Así lo hicimos. Ninguno de nuestros vecinos se extrañó de nuestra exagerada celebración, pues éramos considerados una familia bastante extravagante.

Cuando, a la mañana siguiente, recogí los restos, pensé en ofrecerles un último homenaje. Así que, antes de enterrar lo más evidente en un gran hoyo que había hecho la excavadora, en el que íbamos a construir una piscina, recogí parte de las cenizas y, de una manera simbólica, descansan allí, metidos en una caja de zapatos, debajo del suelo del salón. No quise volver a clavar los tablones que levanté para enterrarlos. La alfombra los cubrió los primeros meses, pero, en cuanto pude comprar la mecedora, la planté allí, como otros ponen una cruz encima de las tumbas.

Nunca le he hablado a Megan de sus padres, de sus otros padres. Aunque estoy convencida de que, en el cole, mucha gente ya le pregunta cómo, siendo nosotros tan oscuros, ella ha salido rubia y con los ojos verdes.

Comentarios

comentarios desactivados para este artículo