Moleskine, a diario.
Escrito el 16 marzo 2007 por amanda y clasificado como ,
28 de febrero. Ocho de la tarde.
Esta noche, dentro de un par de horas, empiezo con el nuevo curro. ¿Por qué estoy tan asustado, si todos me han dicho que es tan para simples que no tendrían que haberme dado, precisamente a mí, el puesto? Sé que no me voy a dormir, llevo demasiados años practicando el insomnio, o viviendo con las horas cambiadas, como dice mi padre. ¿A qué vienen, entonces, cuando tan sólo son las ocho, estos bostezos que no puedo evitar? Algo hay, al menos, que él y yo ganaremos. Que se acaben esas discusiones nocturnas que no nos llevan nunca a ninguna parte. ¿Por qué le noto, a pesar de eso, preocupado?
No tuvo ningún reparo en obligarme a presentar la solicitud cuando se enteró de que se iban a ofrecer esos dos puestos de sereno. Aunque en el ayuntamiento le den otro nombre, eso es lo que voy a ser a partir de esta noche, sereno. ¡Menudo carrerón para un licenciado en Historias! Vale, vale que lo de las clases particulares no me hubiera sacado nunca de la miseria, pero, al menos, podría haber esperado, sin ponerse tan nervioso, a que se convocase esa plaza de auxiliar de bibliotecario que en todas las campañas electorales promete el partido ganador. Pero no, supongo que en el taller le comieron tanto el tarro, que si qué hace por las mañanas el señorito, que si no es bastante con que le hayas pagado la carrera como para que ahora tengas que hacerte cargo de sus gastos, que si sale todas las noches el gandul…en fin, todas esas cosas que las personas de bien, con los hijos colocados, también en el taller, no comprenden de alguien que ha tenido otras aspiraciones.
Pues eso, que esta noche, dentro de un par de horitas, empiezo con el nuevo curro. Y que mañana me estará permitido, porque me lo habré ganado, no con el sudor, porque por las noches refresca, dormir hasta la hora de comer sin que nadie, aun sin palabras, me haga sentir culpable.
1 de marzo. Siete de la mañana.
Cuando he llegado a casa, mi padre me estaba esperando con un café recién hecho. Ha madrugado un poco más de lo normal para verme llegar, y yo no sé si se lo agradezco. Nos hemos tomado el café en la cocina, sin hablarnos, y luego él se ha ido a trabajar. Yo soy silencioso, siempre perdido en mis propios pensamientos, pero algunas veces creo que lo soy por las pocas veces que le he oído hablar. Conmigo, en realidad, sólo discute. Aunque quizá en eso estoy siendo un poco injusto.
Ahora son las siete de la mañana y no puedo dormir. No tengo sueño, ni estoy cansado. Antes de meterme en la cama he de estar sereno. Pero bueno, eso es casi un chiste, ahora, y para siempre, no necesito estar sereno. Soy sereno. Desde las diez de la noche de ayer soy sereno. Y todavía no sé muy muy bien qué es lo que eso significa.
En fin, en lugar de café me podía haber tomado un colacao. Pero creo que ni así. Me daré una ducha, y, si consigo relajarme, me acostaré. Si no, pues ya veré lo que hago.
2 de marzo. Seis y media de la mañana.
Después de dos noches tranquilas, hoy ya es viernes. Por lo poco que sé, acabó el calentamiento. Al finalizar la jornada, que me ha pillado un poco alejado de la base, han enviado un coche patrulla a buscarme. De momento nos tratan bien. Ellos, la policía local, son los que nos sustituyen en las horas diurnas, aunque posiblemente sea justo al revés, nosotros les relevamos a ellos por las noches, porque, me ha contado el guardia que me ha recogido, realmente su función no es, como la nuestra, básicamente lo que él ha denominado civil. Es por esa razón, porque ellos se creen investidos de una categoría que les impide, si no ser ‘buena gente’, sí, al menos, demostrarlo, por lo que el ayuntamiento ha recuperado, con el único fin de que ellos no se vean involucrados en esas labores únicamente de servicio al ciudadano, esta figura amable del sereno. Aunque yo pienso que no debe ser sólo por eso, pues, visto el panorama que se me ha permitido vislumbrar desde que, firmado el contrato, hicimos aquella especie de cursillo acelerado, se han recibido quejas por no haber sido debidamente atendidas algunas llamadas que se limitaban a pedir, de alguna manera, una simple y sencilla colaboración puramente humanitaria.
Me cuenta todas estas cosas mientras, despacio, me trae de vuelta desde la estación, a la que, como último servicio, he acudido acompañando a un chaval que, teniendo necesidad de coger el primer tren, no se atrevía a atravesar la ciudad que él creía absolutamente solitaria, y llena de peligros, ha añadido su madre, al despedirle sonriente viéndolo tan bien acompañado. Y no sólo me cuenta estas cosas, sino que me pone sobre aviso de que esta noche de viernes ya no será lo mismo. Con lo que no sé si inquietarme o, por el contrario, alegrarme. Porque, si he de pasar la noche en vela, prefiero, de verdad que sea, al menos, patrullando.
En fin…que hoy sí que estoy cansado. Desaparecida la ansiedad provocada tanto por el desconocimiento como por la novedad y, en un segundo plano, el descontento, me encuentro agotado. Ni café, ni ducha, ni colacao.
3 de marzo. Seis y media de la mañana.
Ocho horas de trabajo. Ocho pesadas, duras y largas horas de trabajo. Hoy teníamos a nuestra disposición unos teléfonos móviles y una furgoneta con el emblema del ayuntamiento en ambos costados. En unos días se ha corrido la voz de que servimos ‘civilmente’ al ciudadano y creo que han conseguido desbordarnos. Aunque quizá nos falte experiencia, con lo que no somos capaces no sólo de simultanear avisos sin importancia, sino precisamente de poder discernir cuáles de entre todos los recibidos son los primordiales. Hoy hemos sufrido las más burdas burlas de los noctámbulos, a la vez que nos hemos sentido premiados con el sincero agradecimiento de los realmente ayudados.
Esta noche no trabajo.
4 de marzo. Cuatro de la tarde.
Es curioso lo diferente que se ve un fin de semana cuando se trata del primero del que disfrutas si ya estás trabajando.
Los sábados por la noche no nos quieren de guardia a los serenos. No tengo muy claro si temen que nos metamos demasiado en su terreno o que, por el contrario, demostremos que son ellos los que no resultan, para según qué servicios, el cuerpo más adecuado.
Anoche decidí no salir. Me quedé a cenar y ver la tele con mi padre. Aunque no llegamos a mantener una conversación, le noté ese puntito de orgullo de tenerme, él también, colocado. Me preparó la cena y dejó que yo manejase el mando. Ante sus ojos, parece que es ahora, con el trabajo, cuando he dejado de ser un niño.
De camino a su cuarto, un rato después de haberme retirado, sentí su presencia al otro lado de la puerta. Supongo que, investido ya de la misma autoridad que él, habiéndome convertido, por fin, en un adulto, no necesitaba asegurarse de que todo estaba tranquilo. Pero lo hizo. Se quedó un momento escuchando.
5 de marzo. Siete de la mañana.
La noche de los domingos la ciudad está desierta.
6 de marzo. Seis y media de la mañana.
He de decirle a mi padre que me está gustando esta rutina.
Ya no se levanta para preparar un café y que nos lo tomemos juntos. Lo cierto es que, con nuestros distintos horarios, apenas si nos vemos, pero creo que todavía se siente algo culpable por haberme metido de cabeza en este trabajo, especialmente cuando oye que la gente se refiere a nosotros como ‘las niñeras de la noche’. Pero estoy decidido. He de decirle que deje de preocuparse, que tan sólo es un trabajo. Y, desde luego, no el peor al que, con su ansia de verme, de alguna manera, instalado, podía haberme arrojado.
¡ Y pensar que me había dado a mí mismo una semana de tiempo para dejarlo!
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