El soufflé.
Escrito el 1 febrero 2007 por amanda y clasificado como ,
La cadencia del balanceo de la mecedora y el tic tac del reloj del horno, en el que acababa de depositar sus esperanzas, marcaban el ritmo de su tiempo de espera. Era la primera vez que preparaba un soufflé y sabía que respetar hasta el último detalle de la receta que tanto le había costado conseguir era quizá la única garantía de que resultase, al menos, comestible.
Los niños llevaban una temporada inquietos. Una inquietud incomprensible, por otro lado, teniendo en cuenta que no había cambiado ninguna de las circunstancias que rodeaban su bien estructurada vida, que ella se ocupaba de mantener en los límites de lo que le parecía correcto. Esa actitud, que se convertía en rebeldía, incluso salvajismo en ocasiones, en el momento en que se sentaban a la mesa, la estaba llevando, sin que nadie se diese cuenta, hacia un ataque de nervios inminente, del que, seguro, saldrían todos perjudicados. Así que la noche anterior, mientras los mantenía en la bañera, contándoles esa historia que tanto les gustaba de la granja del abuelo, había ideado un plan que, involucrándolos en una especie de toma de decisiones, pretendía calmar, por un lado, la inquietud que de ellos emanaba y, por otro, el desorden que esa situación provocaba. De entre cinco posibilidades, todas ellas de nombre exótico y rimbombante, les dio a elegir el menú de la cena del dia siguiente. Sabía que se lo tomarían con interés, porque pasaban de no tener ni siquiera autorización para entrar en la cocina a sentirse los dueños del restaurante. Y eligieron soufflé. Que debía, pues, resultar perfecto.
La mecedora atrás y adelante, el reloj tic tac, tic tac, fueron pasando los minutos, serenando el ánimo hasta el punto de permitirle cerrar, aunque fuese sólo unos segundos, los ojos. Llevaba todo el día, con su responsabilidad a cuestas, haciendo esas cosas que, según creía, hacían las madres para que sus hijos tuvieran una vida acomodada. Le gustaba ese momento de media tarde, a la espera de la vuelta del colegio, feliz por poderlos volver a ver, temerosa de no saberlos recibir como ellos esperaban, disputándose su atención y sus besos. Ese momento de paz, esa cadencia del balanceo, ese marcar rítmicamente el tic tac el reloj, la llevaron a un estado de bienestar que pocas veces en los últimos meses había alcanzado. Sabía que era efímero, pero a pesar de ello, lo disfrutó.
Casi al mismo tiempo sonaron la alarma del horno y el timbre de la puerta. Sus niños, atropellándose, corrieron a la cocina a ver el soufflé. Estaba alto, dorado, perfecto…y ellos, por encima de todo ellos, se sintieron tan orgullosos de haber sido los artífices de esa gran obra que ante los ojos, pero sin dejar que se acercaran, les mostraba su madre, que parecieron también crecer y dejar, al menos por ese día, aparcada la inquietud que, incomprensiblemente, se había instalado en sus vidas.
Y ella pensó que al final iba a tener razón su madre. A los hombres, a los chicos, a los niños, se les gana por el estómago. Por ejemplo, con un soufflé.
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