Categoría: Déjame que te cuente…

Las noches de los viernes.

Escrito el 5 abril 2008 por amanda y clasificado como ,

Antes apenas significaban nada para mí. Ahora vienen, una de cada dos, después de una tarde vacía. Me quedo sola y me siento como perdida. No puedo quedarme quieta y los primeros minutos no sé dónde ir ni qué hacer. Luego me tranquilizo y vuelvo, de alguna manera, a la normalidad. Leo un poco, arreglo la cocina y pienso en la cena. Que demasiado a menudo me salto porque lo que me pide el cuerpo es transgresión, después de la dieta, la rutina y los horarios estrictos de la semana laboral. Dudo entre vino y cerveza y acabo tomando alguna ración de los dos.

Aunque podría decirse que ya me estoy acostumbrando, que cuando han pasado unas horas siento la satisfacción de la soledad en buena compañía, lo cierto es que añoro las interrupciones, el sonido de la televisión que yo no pongo, el tira y afloja de cada noche cuando llega la hora de acostarse, que cada día se dilata un minuto o dos más que el anterior, la pelea por que me deje sitio entre los peluches, el beso de buenas noches cuando ya nos hemos cansado de decirnos la última palabra…

Pero también, gracias a esos ratos de soledad de los que me he ganado el derecho, se han convertido en algo más interesante. Las noches de los viernes son ahora el preludio de los sábados de reuniones con amigos. Los que había ido dejando por el camino y los nuevos que van surgiendo en compañía de ellos.

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Vacaciones por separado.

Escrito el 10 marzo 2008 por amanda y clasificado como ,

El día a día a menudo resulta incómodo y conflictivo: la oficina y el instituto, los horarios estrictos, las comidas y las cenas, la lavadora y la plancha, la ingratitud de las tareas más domésticas y las discusiones por llegar a conseguir una distribución equilibrada y equitativa, a cada cual según su capacidad… pero también el tiempo de estudio y de ocio, las conversaciones y disgustos, las negociaciones y peleas, los distintos puntos de vista, los desencuentros y un sinfín más de dificultades añadidas.

A pesar de todas esas incomodidades y conflictos, de las peleas y las discusiones, es gratificante vivir juntas y solas. Y lo es por los instantes de complicidad y empatía, por las sonrisas y las caricias sinceras, por las cosquillas y los apretones, por las confidencias y las lágrimas, las conciliaciones y los abrazos, los besos de despedida y reencuentro, las ilusiones compartidas y las que no lo son tanto, los paseos y las tardes de compras, los empujones en la cocina, la cama de nuevo compartida…

Hasta hace muy poco tiempo las despedidas de fin de semana eran angustiosas, porque a mí me daba la sensación de que la arrancaban de mi lado, de que todo el tiempo que no pasara conmigo iba a ser tiempo perdido, que nos debíamos una a la otra la compañía de la que no habíamos disfrutado plenamente y que con aquellas interrupciones en nuestra rutina – a duras penas conseguida con apariencia de normalidad – no llegaríamos a recuperarnos jamás de esas (pequeñas pero constantes) pérdidas quincenales. Ahora parece que las cosas han cambiado. Porque estamos tan seguras la una de la otra que las ausencias ya no se consideran tales sino meros descansos, que nos sirven tanto para dedicarnos a actividades diferentes como para, sin llegar a alejarnos, distanciarnos lo suficiente para permitir que entre aire fresco en nuestra relación, y reencontrarnos, después de esos días de separación, con nuevos ánimos y alguna aventura que contarnos.

Al final de esta semana las dos nos vamos de vacaciones. Hemos madurado lo suficiente como para estar haciendo planes y no sentirnos ni por un segundo culpables por haber decidido que estas vacaciones primaverales las vamos a disfrutar cada una por nuestra cuenta, en diferentes lugares, por separado.

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La primavera.

Escrito el 2 marzo 2008 por amanda y clasificado como ,

Tocado blanco. Fernando Urena

Después de todo un invierno dando por buenas un par de velas encendidas como sustitutas de un agradable fuego de chimenea, parece que ha llegado la primavera.

Estoy sufriendo el encantador acoso de una particular brigada de rescate que, sin ponerse de acuerdo, sin conocerse siquiera y desde puntos geográficos y planteamientos diferentes, ha acudido presta a mi lado en cuanto ha visto – y leído entre líneas – que era el momento de interpretar del revés prácticamente el refranero completo en cuanto al tema de la soledad se refiere. Con la excusa de la incipiente primavera, eso sí, que a cualquier mediterráneo que se precie le sugiere no sólo paseos bajo el sol y junto al mar, sino un sinfín de actividades lúdicas entre las que se encuentran la redecoración tanto de la casa como de la propia vida. Pensándolo bien, quizá las fallas tengan algo que ver con esa idea de destrucción de lo viejo para sustituirlo por (la mayoría de las veces inútiles) cosas nuevas. Y las fallas, ya lo sabemos todos los que las sufrimos en silencio, empezaron ayer, el mismo día que el – este año superfestivo – mes de marzo.

Con esa idea de cambio, ayer me llevaron de compras para que me proveyese de algunos detalles con los que proporcionarle un aire colorido y festivo a la casa. Y a dar un paseo junto al mar. Y a un restaurante zen a degustar un sinfín de platos asiáticos. Y a un balneario urbano a disfrutar de un spa. Y a tomar unas copas a un local chill out disfrutando al tiempo de una generosa y atractiva conversación sin asuntos prohibidos.

Y hoy tengo otra cita. En la que también habrá unos agradables paseos junto al mar, una buena comida – esta vez un poco más con sabor mediterráneo – y una interesante conversación con la que continuaré esa terapia casi de escapismo que entre ellos, sin ponerse de acuerdo, sin conocerse siquiera, han (tan cariñosamente) diseñado para mí.

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La normalidad.

Escrito el 1 marzo 2008 por amanda y clasificado como ,

Desconecto el piloto automático, abro todas las ventanas para ventilar y vuelvo a tomar el mando de la nave. Han sido días grises, complicados, amargos y difíciles, pero afortunadamente ya han pasado y confío en que no volverán. Se acabó la incertidumbre, el estar pendiente de lo que otros quisieran hacer. Comienza – esta vez en serio, sin presiones externas, sin temor a las consecuencias – la normalidad.

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