Categoría: Cajón desastre
No es divertido.
Escrito el 2 abril 2008 por amanda y clasificado como Cajón desastre,

Petrusdom lleva razón. El día de la diversión acabó y hoy cada cual ha vuelto a su puesto de trabajo. Yo con más ganas que el compañero con el que ayer cambié, todo hay que decirlo, porque lo que para mí resultó distraído lo fue precisamente al ser no sólo elegido, sino transitorio, sólo por un día, por hacer(me) una gracia.
Podría haber respondido a Yabu personalmente y en privado, pero como sé que es de los de bloglines, estoy segura de que no se pierde nada. No es divertido trabajar toda la jornada, todas las jornadas, en una oficina de atención al público. Es más bien estresante, agotador y poco gratificante, incluso si no suena el teléfono ni tienes al jefe presionándote. Aunque supongo que dependerá en todo caso de la actividad a la que se dedique cada empresa, es casi imposible ofrecer una atención personalizada, amable, incluso en ocasiones, ni siquiera educada, a todas las personas que se acercan cada día buscando soluciones – cada una con su caso particular, su problema, su consulta, su queja, su escrito, su propio idioma, su analfabetismo en ocasiones – y para los que gran parte de las veces no sólo no tienes solución sino ni siquiera respuesta. Hay que estar hecho de una pasta especial para seguir acudiendo con ilusión mañana tras mañana a la oficina sabiendo lo que te espera en cuanto se abran las puertas.
No es divertido comprobar cómo se van esfumando las buenas intenciones según va pasando el tiempo. No es divertido el pasarse gran parte de la mañana alterado. No es divertido darse cuenta de que la simpatía en esa situación se vende muy cara. No es divertido pensar en tu buena suerte cuando les oyes, día tras día, quejarse de su trabajo. Porque sabes que tienen, en parte, razón, y que el resto les consideran unos pringaos.
Yo antes estaba en ese gremio. Jugué bien mis cartas y pasé hace unos meses a un despacho cerrado y soleado, al que suelen llegar todos los asuntos ya mascados. La mayor desventaja, y eso tampoco es divertido, es que el teléfono no deja de sonar y, aquí sí, tenemos siempre al jefe presionando.
Diversión en el trabajo.
Escrito el 1 abril 2008 por amanda y clasificado como Cajón desastre,

Por las mañanas leo 20 minutos en la oficina mientras se me enfría el café de máquina recién hecho. No debo ser la única, pues las noticias curiosas que suele llevar ligeramente camufladas entre titulares más serios resultan ser las más comentadas cuando, ya ingerido el café, nos reunimos el cada vez más pequeño grupo de fumadores en la gran ventana que queda justo delante de los baños.
Después del despilfarro de energías de ayer, cuando la mayoría llegamos – en un día semifestivo, el primero en levantarnos con la hora cambiada a la misma hora de antes de que la cambiaran – bastante damnificados al trabajo, nos ha sentado especialmente bien poder echar unas risas a costa de este titular. No sólo porque esos dos términos suelen ser incompatibles sino también porque, estando a punto de alcanzar las fechas límite de actividad para la empresa, empiezan a surgir las rencillas propias de los que se consideran, un año más, ninguneados al verse excluidos en la lista de los que van a disfrutar ¡¡¡haciendo horas extra por las tardes!!! que yo, y ya espero que me perdonen, considero más un castigo que un premio, aunque tengo muy asumido que para los gustos están los colores.
Pero bueno, que yo me lo he tomado en serio (tan en serio como pueda ser tomado el tema siempre polémico de los días de… ) y me he propuesto divertirme. A mi manera, como suelo hacer la mayoría de las cosas a poco que me lo permitan. Le (me) he hecho el favor de cambiar la tarea por un día a un compañero y me he puesto toda la mañana en atención al público. Con una gran sonrisa, de la clase de las que sólo se sacan cuando sabes que en cualquier momento puedes escapar de allí y esconderte de nuevo en tu madriguera. Hacía mucho tiempo que había perdido la costumbre del trato con los clientes y creo que todos hemos salido satisfechos. Mañana volveré a mi soleado escondrijo, pero me queda la enorme ilusión de haberle vuelto a ver cara a cara, de la alegría que ha demostrado por el reencuentro y la felicidad de haberle escuchado decir que me había echado de menos. Y yo a él, para qué vamos a engañarnos, que caras tan guapas encima de hombros de personas tan simpáticas no suelen verse a menos que te arriesgues a pasarte toda la mañana divirtiéndote atendiendo los variopintos asuntos que suelen pasar a diario por la oficina.
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La noche más corta.
Escrito el 29 marzo 2008 por amanda y clasificado como Cajón desastre,

Esta noche será la más corta del año. A mí este cambio, la pérdida de una hora de sueño, me preocupa los primeros días, aunque desde hace ya un tiempo me he convertido a mi pesar en una persona de las de poco dormir.
Tengo la fecha señalada en el calendario con muchas exclamaciones, como si desde que empezó la semana y quedó a la vista tuviese que ir preparándome para un acontecimiento extraordinario. Puede que lo sea, porque sólo se pierde – literalmente – tiempo una vez al año, aunque en el sentido figurado todos tenemos al menos un rato de esos casi a diario.
Encontré este reloj por casualidad, como suele ocurrirme cuando navego en busca de imágenes con las que ilustrar, y en un primer momento me provocó una crisis aguda de angustia. Estaba todo tan reglado, tan gráficamente distribuido, tan lógicamente repartido, que temí verme reflejada. Porque, a pesar de que no creo en los días iguales (entre otras cosas porque sé que no existen) y de que nunca llevo reloj desde que me lo quité un verano del que ya no me acuerdo, no puedo dejar de reconocer que vivo pendiente del tiempo. Aunque todavía no he aprendido a distinguir qué parte es la del que aprovecho y cuál la del que pierdo.
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Sin rencores. (Cablemanías parte II)
Escrito el 26 marzo 2008 por amanda y clasificado como Cajón desastre,

Podría parecerlo por los comentarios, lo de los rencores, digo, aunque te aseguro que mi informático favorito esta vez está equivocado. Porque en realidad no había rencor en mis palabras. Ni siquiera llegaba a estar enfadada, así que posiblemente no me expresé con claridad.
La situación resultó caótica porque en unas oficinas en las que a duras penas cabemos los que solemos ir todos los días y en la que yo he encontrado, no sin mucho esfuerzo, el rincón ideal en el que trabajar a un ritmo pausado aunque sin descanso y produciendo lo suficiente dadas las condiciones, la de ayer resultó ser una jornada complicada no sólo porque se metieron en los despachos un grupo de informáticos revoltosos y frenéticos con opiniones dispares sobre cómo se debía (y a qué velocidad) ejecutar las instrucciones que les habían dado desde la central para que todo quedase dispuesto, conectado y enchufado en el menor tiempo posible. Y porque, por experiencia, no nos fiamos de ellos, hay que vigilarles, utilizando para ello cualquier excusa, como por ejemplo la de ir facilitándoles los cables según los vayan necesitando. Y acabas pringando. Así, yo, que ayer llegaba descansada, feliz y sonriente después de unos estupendos días de vacaciones y que procuro mantenerme lo más alejada posible de máquinas y maquineros me vi involucrada en cuanto fiché en lo que menos deseaba hacer y acabé, como puedes imaginarte, pringando.
Y eso, corazón, no sé en tu empresa cómo funciona, pero en la mía puede considerarse un desafío. Cuando una regresa se le respeta el día de toma de contacto. Se le pregunta amablemente por las vacaciones, se le alaba el buen aspecto, se le invita a café y se la deja tranquila la primera parte de la mañana, que bastante desgracia tiene con haber vuelto tan pronto. Espero que lo vayas comprendiendo…
Y bueno, que la persona que tuvo la genial idea de que fuese yo precisamente la elegida en ese momento y lugar algún día se irá de vacaciones. Y volverá. Y yo estaré encantada esperando la oportunidad para ofrecerle algo especial… aunque, de eso puedes estar seguro, sutilmente y sin rencores.
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